Una nación que se vende los años no tiene ninguno por delante

Sátira. Esto no ha pasado. Aquí lo explicamos.

Que nadie se lleve a engaño: un país que pone precio a la vida de sus jóvenes ha dejado de ser un país. Es un negocio con himno.

Uno lee el boletín —catorce meses en Madrid, veintidós en Cuenca— y no siente indignación. Uno siente vergüenza; que es peor, porque la indignación se pasa. ¿En qué momento aceptamos que esto se pudiera siquiera redactar?

Aquí nadie ha dimitido

Yo he conocido otra España. Una España pobre, mucho más pobre que esta, en la que a un hombre se le podía quitar el jornal, la tierra y hasta la razón, pero no los años. Los años no se tocaban. No porque hubiera una ley que lo impidiera, sino porque no hacía falta escribirla.

No sé cuándo se acabó aquello. Sé que se acabó sin que nadie firmara nada y sin que nadie nos avisara. ¿Alguien recuerda haber votado esto?

Y ahora vendrá el silencio. El silencio cómplice de siempre. Los que se llenan la boca con la palabra libertad en los platós no dirán una palabra, porque la medida es voluntaria, y en cuanto algo es voluntario ya se lavan las manos. Con todos mis respetos para todos ellos: son unos cobardes con corbata.

El detalle que retrata el asunto

Fíjense en lo verdaderamente obsceno, que no es el precio. Es la geografía.

Un año de vida rinde más en Cuenca que en Madrid. Es decir: el Estado ha establecido oficialmente que se vive mejor lejos y se muere más barato cerca. Hemos tardado cuarenta años en vaciar la España interior y hemos tardado cuarenta minutos en ponerle a esa España un tipo de cambio favorable. ¿Y esto lo firma un ministerio con presupuesto?

Se dirá que exagero. Se dirá, como se dice siempre, que uno es un nostálgico y que las cosas han cambiado. Puede ser.

Pero yo he visto cómo se acaba una nación, y no se acaba con una invasión ni con una bandera arriada. Se acaba el día en que un chaval de veintiséis años se sienta delante de un formulario, calcula, y decide que le sobran cuatro.

Ese día ya no hay país. Hay inquilinos.

Se lo advertimos. Ustedes hicieron la cola.

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