Llevo treinta años avisando de que el fuego no se coge vacaciones y ahora que me dan la razón no sé qué hacer con ella

La estufa del local lleva tres días haciendo un ruido raro, así que ayer me puse a mover cajas para ver si era la pared. No era la pared. Detrás de la caja de las pancartas apareció una carpeta de gomas con una etiqueta escrita por mí, con rotulador, que decía: INCENDIOS 1994 — (PROVISIONAL).

Treinta y dos años lleva esa carpeta siendo provisional.

La abrí, que es lo que uno hace cuando tiene que arreglar una estufa. Dentro había un artículo mío, mecanografiado, publicado en un semanario que ya no existe y del que me echaron, con este titular: «Contratar a los que apagan el monte solo en verano es tratar la extinción como un chiringuito de playa». Debajo, a boli, una nota de un redactor jefe que en paz descanse su carrera: «Armando, esto ya lo dijiste en mayo. Busca otra cosa».

Busqué otra cosa. Escribí lo mismo en 1997, en 2003, en 2009, en 2012 y en 2017. Me echaron de once medios, todos ellos al servicio del capital, y en cada uno dejé aparcado el mismo párrafo sobre las campañas de tres meses.

Y entonces, compañeros, ocurrió lo peor

Lo peor no es que ardan las cosas. Lo peor es que te den la razón por escrito.

Porque esta semana un consejero autonómico, con su corbata, su atril y su carpeta de plástico, ha salido a explicar el modelo. Brigadas que entran en junio, cuando se abre la campaña, y que se van en octubre, cuando se cierra. Tres meses largos. Los mismos que dura el verano, qué casualidad. Y a la pregunta de por qué no se mantiene el operativo el resto del año, contestó esto:

«Hay que entender que el monte, en invierno, también descansa.»

Me senté. Me senté de verdad, en la silla de plástico que nos dejó la asociación de vecinos y que tiene una pata más corta que las otras. Llevo tres décadas construyendo una carrera entera sobre la sospecha de que alguien, en algún despacho, pensaba exactamente eso. Y va y lo dice. Con micrófonos. Sin que se le mueva un músculo.

El monte descansa. El monte se estira, se pone cómodo y se echa la siesta hasta junio. Los eucaliptos hacen puente. La maleza que nadie desbrozó en marzo se toma unos días para desconectar. Y las cuadrillas, que en agosto son el brazo armado de la civilización occidental contra el apocalipsis, en noviembre son gente que llama a la oficina de empleo.

El archivo, que es lo único que tengo

Volví a la carpeta. Lo que hay dentro no es opinión mía, que conste, porque a mí ya nadie me cree por firmar. Es lo que llevo recortando desde que tenía pelo:

  • Que los incendios grandes no preguntan el mes. En el norte arden laderas enteras en pleno invierno cuando entra el viento del sur, y eso pasa todos los años, y todos los años sorprende a alguien.
  • Que el trabajo que de verdad decide un incendio es el que se hace en enero, con desbroces, fajas, pistas y quemas controladas, es decir, exactamente cuando la brigada está en su casa mirando el teléfono.
  • Que buena parte del personal de los operativos autonómicos se contrata por campaña, temporada tras temporada, y que hay gente que lleva quince veranos siendo «refuerzo».
  • Que el año que peor fue, 2022, España se dejó por encima de 300.000 hectáreas según el registro europeo de incendios. Trescientas mil. Eso no lo digo yo con la boina puesta: eso está en un servidor de Bruselas, que es la única fuente que aquí se respeta.

Con ese material he vivido tres décadas. Con ese material he perdido once empleos. Y ahora un señor con atril me lo resume mejor que yo en once palabras y encima le aplauden en su grupo.

La parte que no le voy a contar a nadie

Bajé al bar, que es donde despacho, y se lo conté a Manolo, que lleva la barra desde antes de que yo tuviera opiniones. Le expliqué lo del consejero, lo del monte que descansa, lo de la carpeta de 1994. Le expliqué que por fin, por fin, la realidad se había alineado con lo que yo venía denunciando desde que él ponía el café en vasos de duralex.

Manolo me escuchó entero, sin interrumpir, cosa que no hace ni mi antiguo sindicato. Luego secó un vaso y me preguntó:

«¿Y ahora qué?»

Ahí está el problema, compañeros. Que yo he estado treinta años preparado para tener razón, pero no para que me la den. Mi trabajo consistía en avisar. Si el aviso se cumple y encima lo explican ellos mismos en rueda de prensa, con naturalidad, sin pudor, entonces yo no soy un profeta incómodo: soy el tipo del local cedido que llegó pronto a un sitio donde no había que llegar.

Subí, terminé el café frío y volví a la carpeta. Le taché la etiqueta y le puse otra nueva, con el mismo rotulador, que ya escribe regular.

INCENDIOS 1994-2026 — (PROVISIONAL)

La estufa sigue haciendo ruido. La miraré en octubre, cuando se cierre la campaña.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *