Un jubilado de Múnich va a pagar el impuesto del 100% por su piso en Alicante y le dicen que no le toca: «es que cuesta lo mismo que mi garaje»

El hombre llegó a la notaría con una carpeta de plástico, un bolígrafo propio y la determinación de quien lleva seis meses leyendo prensa española. Traía el dinero contado. Traía también, y esto lo dijo dos veces, la parte del impuesto del cien por cien, que había separado en una hoja aparte con su columna, su suma y su total subrayado. Se sentó. Dejó la carpeta encima de la mesa. Esperó a que alguien le pidiera esa cifra.

Nadie se la pidió.

Le explicaron, con la paciencia que se gasta en agosto, que el gravamen anunciado apunta a compradores de fuera de la Unión Europea y que Alemania, hasta donde consta, sigue dentro. Él asintió. Después preguntó si podía pagarlo de todas formas. Le dijeron que eso no funciona así. Firmó, salió a la calle, se quedó mirando la fachada y soltó una frase que se oyó desde la acera de enfrente: que el piso le había salido más o menos por lo que le costó en su día la plaza de garaje en Múnich.

En el máster lo llamábamos «mirar el precio equivocado»

Cuento la escena porque es la clase entera. En el máster que cursé —y que menciono no por presumir, sino porque me costó un año de vida y algo más de dinero del que conviene detallar— dedicábamos un módulo completo a esto: cuando una medida se anuncia sobre quién compra en vez de sobre cuántas cosas hay para comprar, el mercado no se inmuta. Se limita a cambiar de nombre en la escritura.

El único número que importa en Alicante es el precio por metro comparado con lo que gana la gente que vive allí. Ese cociente no sabe de nacionalidades. No pregunta el pasaporte. No se entera de si el señor del bolígrafo propio es de Múnich, de Manchester o de Elda. Solo sabe que hay más gente queriendo firmar que pisos que firmar.

El vecino de la acera de enfrente

Ese día había un testigo. Un hombre del barrio que lleva doce años buscando piso. Doce. Ha visto tres ciclos inmobiliarios desde la misma parada de autobús. Se sabe los portales de memoria, distingue una reforma real de una reforma de fotos y ha aprendido a leer los anuncios en los que «luminoso» significa que da a un patio con claraboya.

Cuando le contaron lo del impuesto, se puso contento durante hora y media. Luego hizo la única pregunta pertinente, que además es la pregunta que yo llevo formulando desde antes de tener el título colgado: ¿cuántos pisos más va a haber en su calle a partir de mañana?

Los mismos. Exactamente los mismos.

Quién Antes del anuncio Después del anuncio
El jubilado de Múnich Compra Compra igual, y encima frustrado
Un comprador de fuera de la UE Compra caro Compra caro y con recargo
El vecino que lleva doce años buscando No compra No compra
Pisos disponibles en la calle Los que hay Los que hay

Esta tabla la hice yo en veinte minutos. Me consta que en algunos despachos llevan más tiempo con ella.

Lo que yo haría, que es lo que llevo proponiendo desde la segunda de mis empresas

Tengo once empresas. Todas están en fase de idea, que es la fase en la que se toman las decisiones importantes y en la que además no hay que pagar seguros sociales. Una de ellas es una plataforma de vivienda que resuelve exactamente esto. La estructura del incentivo es limpia: si construir sale a cuenta, se construye; si no sale a cuenta, se firma un manifiesto. Llevamos años eligiendo el manifiesto.

Porque al final todo se reduce a incentivos. Quien tiene suelo y no edifica responde a un incentivo. Quien alquila por semanas en lugar de por años responde a un incentivo. El jubilado de Múnich, que estaba dispuesto a pagar un cien por cien que no le correspondía, responde a un incentivo tan sencillo que da hasta ternura: para él eso no es un piso, es un garaje con vistas.

Al vecino le dije que el mercado no se arregla con enfado. Le sugerí tres cosas. Una, negociar su salario, porque nadie lo hace y luego pasa lo que pasa. Dos, pensar como inversor y no como comprador, que es un cambio de marco y sale gratis. Tres, considerar zonas donde el metro cuadrado es barato, que las hay, y las hay porque no hay trabajo, detalle que él sacó a colación con cierta brusquedad.

También le recomendé dos libros. Me contestó que se los había leído los dos, uno de ellos en la sala de espera de una inmobiliaria. Ahí reconozco que me quedé sin argumento durante unos segundos, cosa que en el máster no contemplábamos.

Un apunte final sobre el señor de la carpeta

Me dicen desde la costa que el jubilado no lo ha dejado estar. Que pidió cita para pagar voluntariamente el gravamen que no le corresponde y le dieron número. Que preguntó si existía algún formulario para contribuir por gusto y le contestaron que no, que los impuestos son otra cosa. Que insiste en que el precio le parece mal, y que lo dice él, que se lo puede permitir.

El vecino sigue en la parada del autobús, con el móvil en la mano, mirando un anuncio de un tercero sin ascensor que ha subido de precio esta semana. El anuncio no menciona ninguna nacionalidad.

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