Un piso turístico de Málaga se declara independiente y solicita el ingreso en la ONU

Llegué a la calle sobre las once con la carpeta bajo el brazo y la certeza de que aquello iba a acabar mal. La carpeta la llevo desde 1978. Dentro guardo recortes, un mapa doblado por donde no debe doblarse y un cuaderno en el que anoto cada vez que este país se desprende de un trozo de sí mismo. Aquella mañana tocaba apuntar un cuarto piso exterior con vistas parciales al mar.

El edificio no tenía portero. Tenía un cajetín. Un cajetín metálico atornillado junto al telefonillo, con su teclado, su lucecita verde y su pequeña dignidad de aduana. Me quedé mirándolo un rato largo. Un país que cambia porteros por cajetines es un país que ha decidido que le da igual quién entra en su casa, y de ahí a lo que vino después hay dos pasos y una escalera.

La proclamación estaba en cuatro idiomas y el nuestro iba el tercero

Pegado al cristal, plastificado con esmero, había un cartel. Arriba, en inglés. Debajo, en francés. Después, ya con menos cuerpo de letra, en español. El cuarto idioma no supe identificarlo y prefiero no aventurar, porque en esta casa no inventamos.

El texto anunciaba que la vivienda, en pleno uso de sus facultades y de sus cuarenta y dos metros cuadrados, se constituía en Estado soberano. Que agradecía los servicios prestados por el Reino de España durante las últimas décadas. Y que, a partir de esa fecha, cualquier controversia se resolvería conforme a la normativa interna del inmueble.

Yo llevo cuarenta y tantos años diciendo que esto acabaría así. Lo dije en mesas redondas a las que ya no me invitan, lo dije en once redacciones distintas y lo dije en una comida familiar en la que me pidieron que cambiase de tema. Nadie quiso escucharme. Y ahora resulta que la desmembración no venía con banderas grandes ni con discursos: venía con una caja fuerte de llaves y un código de cuatro cifras.

Cómo se llega a esto

La historia, según pude reconstruirla, es sencilla y por eso da más pena. En los últimos meses se han retirado decenas de miles de anuncios de alquiler turístico por no cumplir con lo que exige la ley, y ha entrado en funcionamiento un registro único que obliga a cada vivienda a tener su número identificativo para poder anunciarse. Sin número, no hay anuncio. Sin anuncio, no hay huéspedes. Sin huéspedes, un piso turístico se queda mirando la pared.

El cuarto piso no obtuvo su número. Y en lugar de recurrir, hacer el papeleo o resignarse, tomó la única decisión coherente con el ambiente moral de nuestro tiempo: si el Estado no lo reconocía a él, él dejaba de reconocer al Estado. Independencia unilateral, comunicada por correo electrónico y con acuse de recibo.

Un Estado completo en cuarenta y dos metros

Subí a inspeccionar. Como observador internacional, aclaro, no como turista. Y lo que encontré me heló la sangre por lo bien montado que estaba.

  • Fronteras: el cajetín. Se cruza con un código que caduca. Ni Schengen ni nada.
  • Moneda: la fianza. Se entrega al entrar, circula sin verse y se devuelve a los siete días si la balanza de pagos lo permite.
  • Constitución: el libro de normas de la casa, laminado, sobre la mesa del salón, junto a un cuenco con cápsulas de café.
  • Himno: la contraseña del wifi, que hay que teclear despacio y con respeto.
  • Cuerpo diplomático: la señora del segundo, que sale al rellano cada vez que alguien arrastra una maleta y mantiene con el piso unas relaciones que definiría como tensas pero estables.

Artículo primero: silencio a partir de las diez. Artículo segundo: la basura, en su bolsa. Artículo tercero: quien rompa algo, que lo diga.

Tres artículos. Nosotros tenemos muchísimos más y mírenos.

La solicitud a la ONU

La petición de ingreso en Naciones Unidas se envió el jueves. Adjuntaba fotografías del salón con luz de tarde, un plano acotado, el certificado energético y catorce valoraciones de cinco estrellas que, en opinión del solicitante, acreditan una vocación internacional sostenida en el tiempo.

La respuesta llegó en once minutos. Era automática. Decía que el mensaje había sido recibido y que se atendería según el orden de entrada.

Me senté en el sofá con esa respuesta impresa en la mano y noté algo raro, que tardé en identificar porque hacía mucho que no me pasaba: me estaban tratando bien. Había fruta en un cuenco. Había una botella de vino de la tierra con una nota escrita a mano dándome la bienvenida. Había toallas dobladas de una manera que en mi casa no se ha conseguido nunca.

Pregunté por el estatus del castellano en el nuevo Estado. Me dijeron que cooficial. Pregunté si se contemplaba alguna forma de vinculación con la antigua metrópoli. Me dijeron que dependía de la temporada. Pregunté por la bandera y me la enseñaron: blanca, con una llave pequeña en el centro, bordada a mano. Reconozco que me quedé mirándola más tiempo del que le corresponde a un observador.

Firmé el libro de visitas. Escribí que el país que yo conocí ya no existe y que la culpa no es de este piso. Al bajar la escalera oí el chasquido del cajetín cerrándose a mi espalda, saqué el cuaderno y busqué la primera página, la de 1978, donde apunté que esto se rompía. La letra era mejor entonces. Debajo escribí la fecha, el número del portal y una sola palabra: cuarenta y dos.

Luego, ya en la calle, entré en la aplicación y dejé cinco estrellas. Uno tendrá sus principios, pero las toallas eran las toallas.

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