Bruselas contestará a la carta del cambio de hora en octubre, cuando tenga una hora más para leerla

Empecemos por lo que nadie discute, porque a mí me gusta empezar por ahí y luego ya veremos. España escribe a Bruselas para preguntar por el cambio de hora. Bruselas responde. Y lo que responde, en resumen, es que lo mirará en octubre. En octubre, señores. Justo el mes en el que a este continente le regalan sesenta minutos. ¿Casualidad? Yo no he dicho eso. Lo ha dicho el calendario, que lleva años diciéndolo y nadie le hace caso.

Llevo quince años atando cabos y tengo una habitación entera con los cabos ya atados, ordenados por color y por grado de incomodidad. Este cabo lo tenía suelto desde 2018 y hoy por fin lo he podido enganchar con otro. Me ha temblado la mano. No lo digo por drama, lo digo porque me tembló.

Ocho años de nada, pero de una nada muy trabajada

Repasemos. En 2018 la Comisión Europea propone acabar con el cambio de hora. Hubo antes una consulta pública que recogió alrededor de 4,6 millones de respuestas, la mayoría a favor de suprimirlo. En 2019 el Parlamento Europeo lo aprueba. Y desde entonces: nada. Ni cambio, ni no cambio, ni explicación. Ocho años.

¿Sabéis cuántas veces hemos cambiado la hora desde que se aprobó dejar de cambiarla? Yo sí. Las he contado. Las tengo apuntadas en una libreta con tapas de hule, dos veces al año, marzo y octubre, sin fallar una. Nunca fallan. Fallan los trenes, fallan las citas médicas, falla el ascensor de mi bloque desde febrero. Eso no falla nunca. Preguntaos por qué.

No afirmo que la hora se la quede alguien. Afirmo que si a ti te quitan una hora en marzo y te la devuelven en octubre, durante siete meses esa hora ha estado en algún sitio. Y ese sitio tiene una dirección postal.

La parte que no os van a contar en el telediario de las tres

Aquí viene lo bueno. España, que escribe la carta, no ha decidido todavía qué huso horario quiere. Léelo otra vez despacio. Pregunta si se puede dejar de cambiar de hora sin haber decidido en qué hora se quiere quedar. Es como llamar a la mudanza sin saber la ciudad.

Y ahora los datos, que a mí los datos me pierden:

  • Geográficamente, a la Península le correspondería el huso de Greenwich. El mismo que Portugal. El mismo que Canarias, que está dentro del propio país y va a otra hora sin que a nadie se le caiga ningún anillo.
  • España está en el huso centroeuropeo desde 1940, cuando se adelantó el reloj para alinearse con Berlín. La medida se anunció como provisional. Ochenta y seis años de provisionalidad.
  • En 2018 se creó un comité de expertos para estudiar el asunto del huso. ¿Alguien ha vuelto a saber de ese comité? ¿Alguien? Yo pregunto y espero.

Una medida temporal de 1940 que sigue vigente. Una supresión aprobada en 2019 que sigue sin aplicarse. Un comité del que no se sabe. Y una carta que se contesta cuando llegue la hora extra. Yo no digo que haya un patrón. Digo que si esto lo pintas en un corcho y tiras hilo rojo, el hilo se te acaba.

Me acusan de ver cosas donde no las hay

Me lo dicen mucho. Me lo dijeron con lo del horario de los supermercados en agosto, me lo dijeron con lo del ancho de vía, y luego resulta que en 2011 acerté una cosa. Una. No voy a decir cuál porque los que estaban delante ya lo saben y los que no, que se aguanten. Pero acerté. Y desde entonces cuando digo «esperad», la gente espera menos de lo que debería.

Fijaos en el detalle que a mí me ha desmontado la tarde: la respuesta llega justo antes del último domingo de octubre. El domingo en que los relojes se atrasan. El único momento del año en que un despacho puede sentarse a leer un asunto pendiente y salirle gratis. Ocho años sin contestar y de repente aparece el hueco. Aparece solo. Como aparecen las cosas cuando llevan mucho tiempo esperando a aparecer.

Lo que yo haría, que a nadie le importa

Preguntar en qué se emplea esa hora. Nada más. Una pregunta sencilla, de las que se contestan en tres líneas. Si la respuesta llega rápido, me callo, pido perdón y desmonto medio corcho. Si tarda otros ocho años, no diré «os lo dije» porque no soy así, pero me voy a quedar mirando fijamente a la cámara un rato largo.

Mientras tanto, aquí seguimos: cambiando la hora dos veces al año desde que se decidió no cambiarla, en un huso que se puso en 1940 con carácter provisional, esperando una carta que se leerá cuando sobre tiempo. Y el tiempo, en este asunto, solo sobra un domingo al año. ¿A vosotros os parece normal? A mí tampoco. ¿Entonces por qué no lo estamos hablando?

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