El funcionario que lleva ocho años esperando a que la UE decida sobre el cambio de hora pide que le devuelvan las horas acumuladas
La carpeta azul lleva ocho años sobre la misma mesa, en la misma planta del mismo edificio, y ha cambiado tres veces de responsable. La primera vez que se abrió, en el otoño de 2018, contenía cuatro folios y una previsión optimista. Ahora pesa lo que pesa un expediente al que nadie ha dicho que no, pero tampoco que sí.
Su custodio actual —un funcionario de un grupo de trabajo técnico que pidió que no lo identificáramos, y que en ese punto tiene toda la razón del mundo— entró en el asunto con treinta y cuatro años. Hoy tiene cuarenta y dos. Entre medias se ha casado, se ha mudado dos veces y ha visto cómo el archivo digital del expediente migraba a un sistema nuevo que perdió los adjuntos de 2019.
La semana pasada registró una reclamación. No pide que se suprima el cambio de hora. No pide que se mantenga. Pide, textualmente, que le devuelvan las horas acumuladas.
Lo que pasó, y lo que se puede decir sin exagerar
Los hechos son verificables y conviene repasarlos despacio, porque en este asunto casi todo el mundo se ha formado una opinión firme a partir de un titular.
En el verano de 2018 la Comisión Europea abrió una consulta pública sobre el cambio de hora estacional. Respondieron 4,6 millones de personas, la participación más alta que había tenido una consulta de este tipo. La mayoría abrumadora se mostró partidaria de dejar de mover las agujas dos veces al año. La Comisión presentó en septiembre de ese año una propuesta para acabar con el sistema. En marzo de 2019, el Parlamento Europeo la respaldó y fijó 2021 como fecha para el último cambio.
Y ahí, en el Consejo, donde se sientan los gobiernos, el expediente encontró su forma definitiva: la de un asunto que no se rechaza.
| Año | Qué ocurrió | Estado del expediente |
|---|---|---|
| 2018 | Consulta pública, 4,6 millones de respuestas. Propuesta de la Comisión. | Abierto |
| 2019 | El Parlamento Europeo fija posición y propone 2021 como fecha final. | Abierto |
| 2020-2025 | El Consejo no alcanza una posición común. | Abierto |
| 2026 | Se anuncia que volverá a debatirse. | Abierto |
Los relojes, mientras tanto, han seguido adelantándose el último domingo de marzo y atrasándose el último de octubre, con la puntualidad que le falta al procedimiento que debía suprimirlos.
Las dos posiciones, y por qué ninguna es la mala
Aquí es donde este medio suele recibir cartas. Hay quien sostiene que ocho años son demasiados para una decisión que se puede tomar en una tarde. Y hay quien sostiene que precisamente por eso hay que tomársela con calma. Fuentes que conozco bien y que no puedo citar me han explicado que ambas lecturas tienen fundamento, y me consta que las dos partes lo dicen de buena fe.
Conviene entender el problema real, que no es de voluntad sino de geografía. Si cada país elige por su cuenta si se queda en horario de invierno o de verano, el mapa horario del continente puede acabar con saltos difíciles de gestionar entre vecinos que comparten trenes, fronteras y turnos de fábrica. Eso es una preocupación legítima. Que la preocupación legítima lleve ocho años sin traducirse en nada también es un dato, y no me corresponde a mí valorarlo.
Ni siquiera está claro que la parálisis sea del todo mala. Un asunto que no se cierra es un asunto sobre el que todavía se puede hablar, y hay algo saludable en un continente que se resiste a resolver las cosas por impulso. Dicho lo cual, tampoco quiero dar a entender que ocho años estén bien. Están, más bien, en esa zona intermedia que este oficio no siempre sabe nombrar.
La cuenta del funcionario
La reclamación del hombre de la carpeta azul es de una precisión notable. Ha contado los cambios de hora que ha vivido desde que le asignaron el expediente: dieciséis. Ocho hacia delante y ocho hacia atrás. Su tesis es que, en términos estrictos de reloj, el balance es cero y por tanto no procede compensación alguna.
Su segunda tesis, dice, es que en términos de vida el balance no es cero, y que sobre eso el expediente no dice nada porque nadie lo ha planteado nunca por escrito.
Ha adjuntado a la reclamación las actas de las reuniones en las que el punto figuraba en el orden del día y se pospuso. Son bastantes. En una de ellas, de hace cuatro años, alguien anotó al margen que convenía retomarlo «cuando haya más claridad». La anotación no está firmada. El funcionario ha intentado averiguar quién la escribió y ha llegado a la conclusión de que la persona ya no trabaja allí.
El anuncio de esta semana es que el asunto volverá a debatirse. Antes de eso, según ha podido saber este medio, hará falta reconstruir quién sostenía qué en 2019, porque la mayoría de las delegaciones que fijaron aquella postura se han renovado por completo. El propio expediente incluye ahora una carpeta nueva, más pequeña, con la lista de personas a las que habría que preguntar si recuerdan haber propuesto algo.
El custodio la ha etiquetado a mano. Pone «pendiente», que es lo que ponía la primera.
Le pregunté, ya en la puerta, qué preferiría él: horario de verano o de invierno. Se quedó un momento callado y dijo que llevaba ocho años cuidando mucho de no tener opinión sobre eso, porque en su puesto no tocaba. Que ahora ya no sabría cuál elegir aunque le dejaran. Y que le parecía razonable que se debatiera con calma, aunque también entendía a quien no.
Nos despedimos con un apretón de manos. Cada uno se fue a su hora, que por ahora sigue siendo la misma para los dos.