Un instituto retira los móviles y aparece un canal que no deja ninguna captura: solo pregunto quién lo ha autorizado

El conserje lleva veintidós años abriendo esa puerta y sabe cómo suena un recreo. El martes, a las once y cuarto, oyó algo que no reconocía: un rumor continuo, subiendo y bajando, cuatrocientas voces a la vez. Pensó que era una alarma nueva. Salió al patio con la llave maestra en la mano y se encontró a los alumnos de segundo hablando entre ellos.

A mí eso me parece perfecto. Que hablen. Yo no estoy en contra de que hablen. Lo que yo pregunto es otra cosa, y llevo tres semanas preguntándolo sin que nadie me conteste.

Llamé al centro y pedí el archivo. La conversación del patio del martes, once y cuarto, unos veinte minutos. Me dijeron que no existe. Insistí: el registro, el histórico, lo que sea que guarden. Me repitieron que no existe. Les pregunté entonces dónde está y la persona que me atendió, muy amable, me dijo que se dijo y ya está.

Se dijo y ya está. Apunten esa frase.

El pasillo no guarda copia

Vamos a ordenarlo, porque yo no afirmo nada, yo solo pongo las cosas una al lado de la otra y que cada uno mire.

Durante años, todo lo que se decía en un instituto pasaba por un sitio del que se podía sacar una captura. Un grupo, un mensaje reenviado, una nota de voz que llegaba a un padre y de ahí a otro padre. Había fricción, había rastro, había manera de reconstruir quién dijo qué y en qué orden. Yo he trabajado con ese material. Yo he atado cabos con ese material.

Ahora retiran el aparato, el chaval se gira hacia el de al lado y suelta una frase. ¿Dónde está esa frase? En ningún sitio. Se la ha llevado el aire del patio.

Canal ¿Deja rastro? ¿Se puede reenviar? ¿Se puede consultar seis meses después?
Grupo del móvil Sí Sí, y suele pasar Sí, si alguien guardó la captura
Nota de voz Sí Sí Sí
Dos alumnos en la fila del comedor No Solo si hay un tercero escuchando, y no siempre lo cuenta bien No

Miren la última fila. Yo no digo nada. Miren la última fila.

Y ahora la parte de la Consejería

Con la prohibición ya extendida por casi todas las comunidades, empiezan a llegar los primeros informes de resultados. Y en uno de esos centros, al detectar que los alumnos habían empezado a hablar entre ellos, la Consejería ha abierto expediente.

Aquí es donde yo me quedo mirando la pared.

Porque la medida era esa. Quitar el móvil para que se relacionen. Se relacionan. Se abre expediente. Que alguien me explique la secuencia, porque yo la he escrito tres veces en una cuartilla y siempre me sale igual.

Primero les quitas el sitio donde quedaba todo escrito. Luego te sorprende no saber qué están diciendo. Yo no afirmo que sea deliberado. Yo pregunto por qué nadie previó algo tan previsible.

Y ojo al detalle que a nadie le ha llamado la atención: el informe no dice qué dijeron. Dice que hablaron. Dice que el nivel de conversación en los espacios comunes era elevado. Elevado respecto a qué, pregunto yo. ¿Respecto a un patio con cuatrocientos críos mirando una pantalla? Claro que es elevado. Eso no es un dato, eso es un termómetro puesto al lado de la estufa.

Quince años y el cabo estaba en el recreo

Tengo una habitación en casa. Mi cuñado la llama el cuarto de las cuerdas y le hace mucha gracia. Ahí está todo: los recortes de las circulares, las tres versiones del calendario escolar, el gráfico de cuándo cambiaron las máquinas expendedoras del vestíbulo y qué pasó después. Eso lo acerté yo. Lo dije en una cena, delante de siete personas, y a los cuatro meses cambiaron las máquinas. Pregunten a mi cuñado, que estaba.

Pues en toda esa pared no hay un solo hilo que llegue al patio. Ni uno. Tengo cables hacia el reglamento, hacia las tutorías, hacia los grupos de padres, hacia la empresa que lleva el comedor. Y el sitio donde de verdad se dicen las cosas resulta que es una fila de doce metros entre la clase de latín y el baño de la primera planta, sin cámara, sin micro, sin copia de seguridad y sin nadie tomando nota.

Quince años. Y la información estaba pasando por delante de mí, en voz alta, en horario lectivo.

He intentado recuperarla por otras vías. Pregunté a un chaval de dieciséis años, hijo de un conocido, de qué hablan en el recreo. Me dijo que de nada. Le pregunté de nada cómo, y me dijo que de cosas. Le pedí que me concretara una y me contestó que no se acuerda.

No se acuerda. Veinte minutos hablando y no se acuerda de nada.

Yo no digo que le hayan dicho que no lo cuente. Yo digo que si a mí me preguntan de qué hablé el martes a las once y cuarto, yo lo tengo apuntado, con la hora y con quién. Y me llaman raro a mí.

La medida iba de que los chavales se hablaran a la cara. Se están hablando a la cara. Lo que a mí me gustaría que alguien de la Consejería explicara, con calma y sin ponerse nervioso, es por qué la respuesta a eso es un expediente y no una nota de prensa dándose la enhorabuena. ¿Qué se está diciendo en esos veinte minutos que merezca un procedimiento administrativo? ¿Y quién lo sabe, si no hay archivo?

Que conste que yo solo pregunto.

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