El aceite de oliva ha vuelto a bajar y nadie le ha preguntado de dónde viene. Yo sí
Mi madre guarda una garrafa de cinco litros detrás del detergente y no la ha abierto desde la primavera de 2024. Cuando le pregunté por qué, miró hacia la puerta de la cocina, bajó la voz y me dijo: «Por si vuelve a pasar». Le pregunté qué era exactamente lo que podía volver a pasar y no me contestó. Yo tampoco lo sé. Pero llevo quince años atando cabos y sé reconocer una despensa que sabe algo.
El aceite de oliva ha bajado. Lo dicen los tiques, lo dicen los carteles amarillos de oferta y lo dice la vecina del cuarto, que ha vuelto a freír patatas con la soltura de quien nunca ha dejado de hacerlo. A mí, que solo hago preguntas, me viene la primera enseguida: si ha bajado, ¿de dónde ha bajado? Uno baja de algún sitio. Del tren, del monte, del coche de un desconocido. ¿Dónde estaba el aceite?
Lo que dicen los datos oficiales
Yo los datos no los discuto, solo los miro fijamente un buen rato. En un año normal, España produce alrededor de millón y medio de toneladas de aceite de oliva. En la campaña 2022-2023 se quedó en unas 660.000. La sequía, dijeron. A principios de 2024, el virgen extra llegó a pagarse en origen a más de nueve euros el kilo. En los supermercados aparecieron botellas de litro con alarma antirrobo, como si fueran perfume o whisky de malta. El Gobierno llegó a quitarle el IVA en el verano de 2024. Y con las campañas siguientes, el precio en origen cayó a menos de la mitad.
Hasta aquí, la versión oficial. Ahora van mis preguntas, que son legales y gratis.
¿Por qué nadie ha dado una rueda de prensa para explicar la vuelta? Cuando un futbolista vuelve de una cesión hay vídeo, entrevista y foto con la camiseta. El aceite se fue a los nueve euros y ha vuelto sin decir ni hola. Se ha sentado otra vez en la balda de abajo, la de siempre, como si llevara ahí toda la vida. ¿Qué vio allí arriba? ¿Con quién estuvo? ¿Por qué vuelve más moreno?
El grupo del portal
No soy el único que se lo pregunta. En el grupo de mensajes de mi portal, que se llama «Vecinos 14 (sin política)» y donde solo se habla de política, alguien colgó la semana pasada la foto de una oferta. A los tres minutos llegó la primera respuesta: «¿Y lo que pagamos antes quién lo devuelve?». Nadie contestó. Al cabo de una hora, otro vecino escribió: «Yo tengo tres garrafas en el trastero y ahora no sé si me siento listo o tonto». Se le respondió con un pulgar arriba que, en ese grupo, puede querer decir cualquier cosa.
Y esa es otra pregunta. ¿Hay alguna ventanilla para esto? Cuando te cobran de más la luz, al menos tienes a alguien a quien gritarle por teléfono. Yo llamé a un número de atención al cliente que no voy a decir cuál es, y una mujer muy amable me preguntó si mi consulta era sobre un pedido. Le dije que era sobre dos años. Me puso música. Sigo esperando. Saquen ustedes sus conclusiones, que yo no saco ninguna, ya me conocen.
La inspección
El domingo volví a casa de mi madre con una linterna y una libreta. Aparté el detergente, el suavizante y una bolsa de bolsas. Allí estaba la garrafa, con una etiqueta medio despegada y una tira de cinta americana en el tapón. Encima, en rotulador negro, ponía «NO TOCAR. 2024», y debajo, con otra letra, «DE VERDAD». Le pregunté a mi madre quién había escrito lo segundo. Me dijo que ella. Le pregunté por qué con otra letra. Me dijo que porque era otro día.
Al lado de la garrafa había cuatro botellas de girasol de cuando el oliva estaba imposible, más dos de un aceite de orujo que nadie en la familia recuerda haber comprado. Todo puesto en fila, como en un búnker. Le pregunté si pensaba abrir la garrafa ahora que el aceite había bajado. Me miró como si le hubiera propuesto vender el piso.
«¿Y si sube otra vez?».
«Pues la abres entonces».
«Entonces vale más».
Lo apunté en la libreta. Según esta lógica, la garrafa vale más cerrada que abierta, y más todavía si nadie la usa nunca. No digo que sea una inversión. Pregunto cuántas despensas de España guardan ahora mismo un activo que nadie piensa liquidar, y si el Banco de España tiene registradas las garrafas que hay detrás de los detergentes de este país. Me temo que no las tiene.
Lo que nadie ha devuelto
Yo acerté una vez. En 2011 dije que acabaría existiendo el pan de molde sin corteza, me llamaron loco en una cena y ahora lo venden en todas partes. Así que algo de olfato tengo. Y el olfato me dice que en esta historia falta una pieza: el momento en que alguien se pone delante de una cámara y dice «perdonen ustedes, ya ha pasado». No ha ocurrido. El aceite subió y la culpa fue de la sequía. El aceite bajó y el mérito fue de la lluvia. Al parecer, en esta historia solo hay dos responsables y uno es el cielo.
¿Y las familias que dejaron de echar un buen chorro en la tostada y pasaron a pintarla con una brocha? ¿Y la gente que aprendió a dosificar con cucharilla de café? ¿Alguien les devuelve esas mañanas? Yo solo pregunto.
Le propuse a mi madre abrir la garrafa delante de mí, en directo, para documentarlo. Se negó. Negoció con ella misma durante un buen rato y al final sacó del armario una botella de litro nueva, recién comprada, de oferta. La abrió, echó un chorro generoso en una sartén y se quedó mirándolo, emocionada, como quien ve volver a un hijo del extranjero. Luego volvió a poner el detergente delante de la garrafa, colocando bien la etiqueta para que mirara hacia la pared.
De camino a casa pasé por el supermercado y compré dos botellas. Las tengo detrás del detergente. Si alguien sabe de dónde ha vuelto el aceite, que me escriba. Lo dejaré todo apuntado en la libreta, al lado del pan de molde.