Asisto al tercer cumpleaños de los Presupuestos de 2023 y salgo convencida de que Hacienda es la startup más eficiente de Europa
Llegué a la fiesta con la acreditación colgada del cuello y la del máster en el bolso, por si alguien me la pedía. No me la pidió nadie. Sigo sin entender cómo funciona este país.
El salón de Hacienda estaba decorado con guirnaldas de 2023. Se notaba en el color, ese verde agua que ya nadie usa, y en un detalle que me emocionó: aún tenían la etiqueta de la papelería con el precio de entonces. Nadie la había quitado. Quitar una etiqueta es un coste de oportunidad y alguien en este ministerio lo había entendido. Saqué la libreta y lo apunté.
Una tarta con historia
En el centro de la mesa, bajo una campana de cristal, estaba la tarta. Era la misma de hace tres cumpleaños. Un funcionario de mediana edad, con chaqueta de punto y una paciencia que en el sector privado se pagaría en acciones, me explicó que no se podía cambiar porque no había partida para una nueva.
—¿Y no se estropea? —le pregunté.
—Se prorroga —me contestó, como quien dice «se congela».
Ahí lo vi claro. En mi máster nos enseñaron que el mayor enemigo de la eficiencia es el cambio innecesario. Llevo años diciéndolo en cenas familiares y nadie me hace caso. Pues aquí estaba el Gobierno de España aplicando sin saberlo lo que en Boston llaman presupuesto base cero, solo que al revés: ni base ni cero, lo mismo de siempre, mes tras mes. Tiene un punto genial.
Hay que dar contexto, porque se me acusa de no darlo. Las cuentas que rigen hoy el Estado son las de 2023, aprobadas a finales de 2022. La Constitución prevé que, si no se aprueban unas nuevas, las anteriores se prorrogan solas. Y eso es lo que ha pasado en 2024, en 2025 y en lo que llevamos de 2026. Un mecanismo automático, sin reuniones, sin comités, sin consultores. Yo he cobrado por diseñar procesos bastante peores.
El problema de las velas
A las siete en punto apagaron las luces. Los ministros se pusieron alrededor de la tarta con la solemnidad de quien inaugura un pantano. Las velas eran las de 2023: un dos, un cero, un dos y un tres, un poco derretidos por arriba de las otras veces.
Entonces surgió el problema. No había con qué encenderlas. El mechero, me dijeron, figuraba en un capítulo de gasto que no contempla mecheros, porque en 2023 nadie imaginó que haría falta otro. Durante unos segundos hubo un silencio de los que se cortan con un cuchillo, que tampoco había.
Y aquí viene la parte que me hizo llorar. El funcionario de la chaqueta de punto se metió la mano en el bolsillo, sacó un mechero suyo, verde, de gasolinera, y encendió las cuatro velas una por una. Iniciativa privada. En el corazón de Hacienda. Tuve que sentarme.
Le pregunté después por qué lo había hecho. Me dijo que llevaba tres años haciéndolo y que ya era costumbre. Le expliqué que eso, en cualquier escuela de negocio decente, se llama bootstrapping, y que debería cobrarlo. Me miró como miran los que no han leído lo suficiente. No se lo tengo en cuenta: no es culpa suya, es culpa de los incentivos.
Soplar sin pedir deseo
Los ministros soplaron. Las velas, que ya sabían cómo iba esto, se apagaron a la primera. Alguien empezó a cantar el cumpleaños feliz, pero se cortó en la segunda estrofa porque, según me susurraron, la letra también estaba prorrogada y nadie recordaba si incluía el «que los cumplas feliz» o si eso se había quedado para los presupuestos siguientes.
Nadie pidió un deseo. Pregunté si era por superstición y me dijeron que los deseos necesitan dotación económica. Me pareció de una madurez financiera admirable. En mis once empresas, todas en fase de idea, hemos pedido muchos deseos sin dotación y así nos ha ido.
El momento de servir
Llegó la hora de comer tarta y apareció el segundo obstáculo. No había platos. Los de 2023 se habían usado en el primer cumpleaños, y se ve que nadie los guardó por si acaso. Un subdirector propuso reutilizar las carpetas de expedientes como bandejas. Se aprobó por asentimiento, que por lo visto es lo único que se aprueba sin problemas en este edificio.
Probé un trozo. Sabía a 2023, que es un sabor difícil de describir: algo de inflación, un poco de nata montada con nostalgia y un fondo de bizcocho que ya ha visto tres otoños. No estaba bueno. Tampoco estaba malo. Estaba prorrogado.
Mientras masticaba, una señora del servicio de catering me contó que lleva tres años facturando el mismo importe por la misma tarta y que nadie le ha actualizado la tarifa. Le dije que eso era un riesgo de concentración de cliente y que tenía que diversificar. Me pidió que me apartara porque estaba recogiendo.
Lo que me llevo de Hacienda
Salí a la calle con la libreta llena y una servilleta de 2023 en el bolsillo, que me llevé como recuerdo y porque no había nadie mirando. Mientras bajaba hacia Sol iba dándole vueltas a una cosa: este ministerio ha hecho, por pura inercia, lo que yo llevo una década intentando vender a inversores. Un producto que no cambia, que no necesita actualizaciones, que se renueva solo cada uno de enero y que nadie se atreve a tocar.
Esa misma noche registré el dominio de mi duodécima empresa: Tartas Prorrogables. Repostería institucional por suscripción, con la misma tarta cada año y un mechero opcional que lo aporta el cliente. Ya tengo el logotipo, el eslogan y dos reuniones con un primo mío que dice que lo ve.
Solo me falta un detalle para arrancar. He preguntado en Hacienda si podrían ser mi primer cliente y me han contestado muy amablemente que encantados, pero que la contratación tendrá que esperar a que haya presupuestos nuevos.
Les he dejado mi tarjeta. La de 2023, que me sobraban.