Por fin un festival que cobra el bocadillo según tu hambre: el mercado llega a la cola del bocata de lomo
Eran las siete y cuarto de la tarde cuando el chico de la caseta de bocadillos me miró a los ojos y me preguntó, con una tablet en la mano: «¿Del uno al diez, cuánta hambre tienes?». Dije un seis, por educación. Me cobró un bocadillo de lomo a precio de seis. El señor de detrás, que llevaba desde el mediodía saltando delante del escenario pequeño, dijo nueve. Lo vi pagar y me emocioné como no me emocionaba desde la segunda semana de mi máster en Dirección de Empresas, cuando el profesor de Microeconomía dibujó en la pizarra una curva de demanda y comprendí que el mundo, por fin, tenía sentido.
Lo cuento porque esta semana se habla mucho de los expedientes que Consumo ha abierto por los precios dinámicos y la reventa en la venta de entradas de conciertos. Se habla con un tono de escándalo que me parece, como mínimo, poco formado. Y yo he visto el futuro en una cola de bocadillos, con olor a pimiento frito y un altavoz poniendo una prueba de sonido de bajo eléctrico que no acababa nunca.
La cola del bocata, explicada con calma
La idea de la promotora es sencilla y, si me permitís, elegante. Si el precio de la entrada puede subir porque mucha gente quiere ir, ¿por qué el bocadillo va a costar lo mismo a quien lo desea con toda su alma que a quien lo pide por aburrimiento? Sería tratar igual a personas distintas. En mi máster a eso lo llamábamos «dejar dinero encima de la mesa», y te suspendían por menos.
El sistema funciona por declaración voluntaria, de momento. Te preguntan cuánta hambre tienes y tú contestas. Me pareció un punto débil, la verdad, porque cualquiera puede mentir. Pero entonces me fijé en el chico de la tablet: miraba a cada cliente un par de segundos, de arriba abajo, y si alguien decía «un tres» mientras se le iban los ojos detrás de la plancha, ajustaba la cifra a mano. Supervisión humana. Me dieron ganas de ofrecerle una participación en cualquiera de mis empresas.
El agua, el baño y la sombra
Lo del bocadillo solo era la puerta de entrada. A la derecha del escenario grande estaba la barra del agua, con una pantalla que mostraba el precio de la botella cada cinco minutos. A las cinco de la tarde, con el sol cayendo a plomo sobre la explanada, la cifra subía con una alegría que daba gusto ver. A las once de la noche, con fresco, bajaba. Eso es información. Eso es un mercado hablándote al oído.
Los baños tenían dos colas. Una normal y otra «prioritaria», con un torniquete que leía la pulsera y cobraba según la longitud de la cola normal en ese momento. Cuanto más larga la otra fila, más cara la tuya. Algunos asistentes protestaban, y yo pensaba en mi profesor de Microeconomía, que solía decir que la gente se queja de los precios cuando en realidad se está quejando de su propia falta de planificación. Quien quiera hacer pis barato, que lo haga antes de que empiece el cabeza de cartel. Está todo en los incentivos.
Y luego estaba la sombra. Una carpa enorme, de tela blanca, con moqueta y bancos, y un cartel que decía «Zona de sombra, tarifa variable». A mediodía estaba vacía porque nadie podía pagarla. Al atardecer, cuando ya no hacía falta, estaba llena porque era barata. Alguien con menos formación lo llamaría absurdo. Yo lo llamo asignación eficiente del recurso, y me hice una foto delante para el perfil de LinkedIn.
El momento en que me tocó a mí
Hacia las diez y media me entró hambre de verdad. No hambre de seis, hambre de ocho y medio. Volví a la caseta del lomo. El chico de la tablet me reconoció y me preguntó otra vez del uno al diez. Me puse a pensar. Si decía ocho, pagaba mucho. Si decía cuatro, mentía, y una mentira en el sistema de precios es una pequeña traición al mercado, que es lo único que nos ha sacado de las cavernas.
Dije cuatro.
El chico me miró dos segundos, de arriba abajo, y tecleó un nueve.
Pagué. Y aquí viene lo que quiero que entendáis: no me enfadé. Me sentí vista. Por primera vez en un festival, alguien había entendido exactamente lo que yo necesitaba y me había cobrado en consecuencia. Mi madre no me ha entendido así en cuarenta años, y nunca me ha cobrado nada, que es justo el problema de las relaciones que no tienen precio.
Lo que Consumo no ve
Me entristece que el debate público se quede en si el precio dinámico de las entradas es justo. Justo es una palabra de gente que no ha estudiado. La pregunta interesante es por qué nos hemos conformado durante tanto tiempo con cobrar lo mismo a todo el mundo, como si fuéramos una cooperativa de los años setenta.
Hay quien dice que, si el bocadillo sube cuando tienes hambre, los que más lo necesitan son los que más pagan. Y yo pregunto: ¿y no es eso lo que hacemos con todo lo demás? Lo único que ha hecho esta promotora es ser sincera. Ha puesto una tablet donde antes había hipocresía.
Hay quien dice también que esto acabará en el súper, en el metro, en la gasolinera de la autovía a las tres de la madrugada. Ojalá. Llevo años esperando que alguien me cobre la barra de pan según las ganas que le tengo, porque así sabría, por fin, cuánto la quiero.
Mi duodécima empresa
Salí del recinto a la una y pico, con el bocadillo de nueve en el estómago y la cabeza llena de ideas. En el autobús lanzador, que también tenía precio variable según lo poco que quedaba para el último, abrí las notas del móvil y escribí el nombre de mi nueva compañía: Ganas. Una plataforma que mide cuánto deseas cualquier cosa y le pone precio en tiempo real. Bocadillos, sombra, baños, citas, plazas de garaje, el sitio junto a la ventana en una boda.
De momento está en fase de idea, como las otras once. Pero esta vez tengo un modelo de negocio validado en campo y un primer empleado en mente: un chico con una tablet que mira dos segundos a la gente y sabe exactamente cuánta hambre tiene. Si alguien lo conoce, que le diga que tengo un máster y que pago en acciones.