La lista de espera me llamó a las 6:12 para preguntarme qué tal iba y fue la mejor sesión que he tenido en años

Eran las 6:12 y yo ya llevaba hora y media despierta. Batido verde, cinco minutos de respiración cuadrada, diario de gratitud con tres entradas (una de ellas sobre el frío). Cuando sonó el teléfono pensé que era mi mentor de Chicago, que a veces se despista con el huso horario. Era una voz que dijo llamar del servicio de seguimiento de la lista de espera. Y la pregunta que me hizo no me la había hecho nadie en ocho meses.

«¿Qué tal vas?»

Me senté en el suelo de la cocina. Ocho meses esperando una cita con el especialista y ocho meses explicándoselo a gente que cambiaba de tema. Mi cuñado me dijo que reclamara. Mi vecina me dijo que me pasara a un seguro. Nadie, ni uno solo, me preguntó cómo lo estaba llevando yo. Y va el sistema, ese sistema que todos criticáis desde el sofá, y me llama a las seis y doce de la mañana para interesarse por mi proceso.

Lo que me ofrecieron en esa llamada

La voz tenía un guion, se notaba, pero los guiones también son estructura y la estructura es lo que nos sostiene. Me explicó que entraba en un itinerario de acompañamiento mientras dure la espera. Me lo fue leyendo y yo lo fui apuntando en la libreta que tengo para las ideas que valen dinero.

  • Una llamada de seguimiento cada seis semanas para valorar mi estado de ánimo respecto a la espera.
  • Acceso a un taller en línea de gestión de la paciencia, cuatro sesiones, con material descargable.
  • Un mensaje mensual con una frase de apoyo y un enlace a ejercicios de respiración.
  • La posibilidad de designar a una persona de confianza que también reciba las llamadas, por si yo no estoy disponible.

Le pregunté si había lista de espera para el taller de paciencia. Me dijo que sí, de unas semanas. Me pareció coherente. Si el taller no te hiciera esperar, ¿qué te iba a enseñar exactamente?

Ocho meses que no he perdido

Aquí es donde os vais a enfadar conmigo, y lo asumo, porque llevo años diciendo cosas que la gente no quiere oír a las seis de la mañana. Yo estos ocho meses no los he perdido. Los he trabajado.

El primer mes lloré, sí, lo cuento porque lo conté en su día y porque la vulnerabilidad bien administrada es un activo. El segundo mes empecé a levantarme veinte minutos antes para no pensar en la carpeta del hospital. El tercero monté una hoja de cálculo con mi estado de ánimo diario del uno al diez. El cuarto la convertí en un gráfico. El quinto el gráfico tenía quinientas visitas. El sexto me escribió una marca de infusiones.

La espera no te quita el tiempo. Te lo devuelve en un formato que todavía no sabes leer.

Esa frase la dije en un directo de agosto y sigue circulando. Me la han puesto en camisetas sin permiso. No pasa nada, que circule.

El método de los tres carriles

De ahí salió lo que ahora imparto, y que resumo por si a alguien le sirve mientras le llega su llamada. Son tres carriles y se recorren a la vez, que es lo que nadie os cuenta en esos vídeos de quince segundos.

Carril uno: la espera se mide. Lo que no se mide se sufre desordenado. Apunta cada día un número. Al cabo de un trimestre tienes una curva y la curva es tuya, no del hospital.

Carril dos: la espera se entrena. Si vas a estar doscientos cuarenta días sin cita, esos doscientos cuarenta días caben cuatro oposiciones, un idioma o una media maratón. Yo elegí la media maratón porque el idioma no se sube a las redes tan bien.

Carril tres: la espera se comparte. Hay gente esperando lo mismo que tú y está sola en su cocina a las seis y doce. Escríbeles. Yo he montado un grupo con cuarenta personas del mismo servicio y hacemos una llamada los domingos. Ahora mismo somos la unidad que más se reúne del centro.

Lo que pasó al final de la llamada

Cuando la voz terminó de leer el itinerario yo hice la pregunta que se supone que tenía que hacer, la pregunta de la gente que todavía no ha entendido nada. Pregunté por la cita.

Hubo un silencio corto, profesional, de los que se ensayan. Me explicó que la cita depende de otro departamento y que el servicio de acompañamiento no tiene acceso a esa información, pero que en la próxima llamada podríamos revisar juntos cómo me estaba sintiendo respecto a la incertidumbre. Y me propuso ponerme un recordatorio.

Colgué y me quedé un rato mirando la libreta. Entiendo que a mucha gente eso le parezca una tomadura de pelo. Los datos oficiales siguen en máximos, los planes de choque van y vienen, y la sensación general es que a nadie le importas hasta que te toca. Pues a mí me ha llamado alguien. A vosotros no os ha llamado nadie y estáis igual de lejos de la cita, con la diferencia de que yo tengo un taller apalabrado y un recordatorio.

A las 5:03 del día siguiente grabé el vídeo contándolo. Lo titulé «Me llamó la lista de espera» y es el que mejor ha funcionado este año. Hay tres marcas interesadas, una consultora que quiere que diseñe su programa interno de tolerancia a la demora y un ayuntamiento que me ha escrito para pedirme una charla de cuarenta minutos. La charla es en mayo. Me han dicho que hay lista.

La lista de espera me llamó a las 6:12 para preguntarme qué tal iba y fue la mejor sesión que he tenido en año
Yarelimanzana, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons

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