El récord de opositores confirma lo que aprendí en el máster: hemos montado un país donde la máxima ambición es hacer cola

Lo conocí en una mesa de un Rodilla de Atocha, a las once y veinte de la mañana de un martes, que es una hora a la que solo hay dos tipos de personas: las que trabajan desde donde quieren y las que no trabajan. Él tenía delante seis folios plastificados, un subrayador amarillo agotado y un cronómetro de cocina. Le pregunté si estaba esperando a alguien. Me dijo que estaba esperando a septiembre.

Se llama Dani, tiene 34 años y lleva preparando una oposición desde una convocatoria en la que el temario todavía hablaba de cosas que ya no existen. Me lo contó sin drama, con el tono de alguien que te explica cuántas paradas le quedan de metro. Me dijo que se ha aprendido de memoria normativa que después cambió, que volvió a aprenderse la que la sustituyó, y que ahora estudia una tercera versión que sospecha que también va a cambiar. Le dije que eso, en mi sector, se llama iterar. Me dijo que en el suyo se llama martes.

Un país donde la cola tiene lista de espera

Yo venía de leer las últimas convocatorias del Estado, con récord de aspirantes por plaza, y de una noticia que me parece la radiografía más limpia que he visto de esta economía: hay tantos candidatos que la Administración va a tener que contratar personal específicamente para corregir los exámenes de la gente que quiere entrar a trabajar en la Administración. El proceso de selección genera más empleo que las plazas que se seleccionan. En cualquier empresa esto sería una reunión de urgencia. Aquí es un BOE.

Dani me lo explicó mejor que yo. Cada convocatoria mueve miles de personas, y cada una de esas personas necesita academia, temarios, simulacros, un tribunal, un aula, un vigilante, una silla y alguien que corrija. Hay bares que viven de los opositores. Hay barrios enteros de Madrid que se organizan alrededor de gente esperando. Me dijo que en su academia hay dos profesores que aprobaron y volvieron a dar clase porque pagaban más en la academia. Le pregunté si era consciente de que eso es un modelo de negocio precioso. Me dijo que era consciente de que era su vida.

Mi diagnóstico, que es de libro y lo digo sin que se me caigan los anillos

En el máster nos hicieron leer un caso sobre asignación de talento. La idea es sencilla: cuando el premio más seguro de una sociedad es la estabilidad y no la creación, el talento se va en masa a memorizar en lugar de a construir. No lo digo yo, lo dice la literatura, y la literatura lleva décadas diciéndolo mientras aquí seguimos plastificando esquemas.

Le expliqué a Dani que el problema es de incentivos. Le dije que él ha invertido siete u ocho años en un activo con una única salida posible y sin mercado secundario. Que si suspende, su currículum dice «he estudiado». Que nadie le va a pagar por conocer al detalle una norma derogada. Que lo que él llama vocación de servicio público, en términos de cartera, es una apuesta apalancada a una sola acción.

Me miró un rato. Luego me dijo que en su convocatoria hay gente con dos carreras, un idioma y diez años de experiencia privada, y que todos están pidiendo lo mismo: un contrato que no se caiga. Le contesté que eso es exactamente el síntoma. Me dijo que también es exactamente el alquiler.

Lo que yo haría, que es lo que llevo proponiendo en once empresas

Le presenté tres ideas encima de la mesa, entre el café y los folios:

  • Plazas con vesting. Entras, pero consolidas en cuatro años. Si rindes, aceleras. Si no, alguien de la lista de espera ocupa tu silla sin drama y sin recurso.
  • Mercado secundario de opositores. Si has estudiado siete años derecho administrativo, eso vale dinero en el sector privado. Falta el intermediario. Ese intermediario podría ser yo.
  • Corrección como servicio. Si el Estado necesita contratar gente para corregir, no contrate: externalice a una plataforma de correctores verificados con reputación acumulada. Lo he llamado OposiFlow. Está en fase de idea.
Concepto Cómo lo ve Dani Cómo lo veo yo
Los años estudiando Un sacrificio Coste de oportunidad sin cobertura
La plaza Tranquilidad Un producto sin competencia desde 1984
El tribunal Cinco personas y un reloj Un cuello de botella monetizable
Los miles de rivales Su problema Mi mercado direccionable

Dani escuchó las tres. Al final me preguntó si alguna de mis once empresas tenía empleados. Le dije que tres tienen nombre, dos tienen logo y una tiene una landing con lista de espera. Me preguntó cuánto había facturado. Le dije que estamos en fase de validación, que es una fase que puede durar lo que haga falta.

Se me acabó el café antes que el argumento

Nos levantamos a la vez. Él volvía a la biblioteca hasta las nueve, con el cronómetro en la mochila. Yo volvía a un espacio de trabajo compartido donde tengo pagada una mesa desde enero y donde esta semana he ido dos veces, las dos a coger un paquete.

Antes de irse le pedí una cosa: que me pasara el temario. Todo, las tres versiones, la derogada incluida. Me preguntó para qué. Le dije que para nada, que solo quería verlo. La verdad es que llevo desde entonces dándole vueltas a una academia con suscripción mensual, corrección automática y un panel donde ves tu progreso comparado con el de los demás candidatos. Necesitaría un cofundador con conocimiento profundo del dolor del usuario.

Le he escrito esta mañana para proponérselo. Me ha contestado que tiene examen.

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