La jornada de 37,5 horas cumple dos años sin existir y yo llevo treinta explicando por qué eso ya es un triunfo
Me habían dicho que era un acto de balance. Llegué con la libreta de siempre, la misma que uso desde el primer expediente de regulación de empleo que cubrí, y lo que me encontré fue una fiesta. Bandejas. Servilletas de papel dobladas en triángulo. Y un cartel enorme con un número: 37,5.
La jornada de 37,5 horas cumple dos años. Los cumple, eso sí, sin haber existido ni un solo lunes en el calendario laboral de nadie.
Antes de que empiecen los correos: yo estoy a favor. Llevo treinta años a favor. He escrito sobre la reducción de jornada en once redacciones distintas y de once redacciones distintas me han echado, todas ellas al servicio del capital, algunas incluso con carta de agradecimiento. Así que si alguien puede contar esta fiesta sin que se le note el resentimiento, ese soy yo. No se me nota nada.
El recorrido, para los compañeros que llegan ahora
Conviene refrescarlo, porque hay gente que se incorporó al debate hace dos telediarios y cree que esto se le ocurrió a alguien la semana pasada.
- La reducción de la jornada máxima legal figuraba en el acuerdo de coalición. Es decir: estaba escrita, firmada y publicada.
- Después vino la mesa de diálogo social, que se cerró con acuerdo entre el Ministerio de Trabajo y los sindicatos. Sin la patronal. La patronal se levantó, que es lo que hace la patronal cuando la conversación se pone interesante.
- Luego el anteproyecto. Luego el Consejo de Ministros. Luego el proyecto de ley camino de las Cortes, con foto.
- Y en las Cortes, las enmiendas a la totalidad. Prosperaron. El texto se devolvió al Gobierno.
- Y a continuación el compromiso de volver a traerlo. Ese punto lleva funcionando desde entonces con una regularidad admirable.
Eso es el recorrido. Un acuerdo, una firma, un Consejo de Ministros, una votación perdida y una promesa de reincidir. Lo tengo apuntado en la libreta con fechas, porque yo apunto las cosas, no como otros.
La tarta
Había tarta. No voy a fingir que no había tarta porque estaba allí y me comí dos porciones, una por mí y otra por los compañeros que no pudieron venir porque estaban trabajando cuarenta horas.
El acto empezó con un vídeo de dos minutos y medio en el que se repasaban los hitos. Los hitos eran, por este orden: el acuerdo, la firma del acuerdo, la presentación del acuerdo, la comparecencia posterior a la presentación del acuerdo y el anuncio de que el acuerdo volvería. En ningún momento del vídeo aparecía un trabajador saliendo antes de su puesto, cosa que atribuyo a un problema de archivo audiovisual y no a otra cosa.
Aplaudí. Aplaudí porque un servidor no le va a negar el aplauso a la clase trabajadora por un defecto de montaje.
Lo que sí se ha reducido
Seamos rigurosos, que para eso llevo tres décadas. Algo se ha reducido. La distancia entre una rueda de prensa sobre la jornada de 37,5 horas y la siguiente rueda de prensa sobre la jornada de 37,5 horas se ha acortado muchísimo. Ahí sí hay una tendencia clara.
La jornada, en cambio, sigue donde la dejamos. Cuarenta horas de máximo legal, las mismas que cuando yo empecé a escribir de esto con una máquina de escribir prestada. Y por debajo de ese máximo, la Encuesta de Población Activa sigue registrando cada trimestre horas extraordinarias que no se pagan. No unas pocas. Las suficientes como para que aparezcan trimestre tras trimestre en una estadística oficial sin que a nadie se le caiga la bandeja de las manos.
Un derecho anunciado no es un derecho. Es un anuncio. Llevo diciéndolo desde el 94 y me han echado de sitios muy buenos por decirlo.
Eso lo dije yo, en voz alta, junto a la mesa de las croquetas. Nadie me contestó, lo cual interpreto como asentimiento.
Un balance, ya que insisten
Me acerqué a preguntar por el calendario. Me explicaron que el calendario existe, que está trabajado, que hay voluntad y que se está buscando la mayoría. Todo eso es rigurosamente cierto y no tengo nada que objetar, salvo que llevo escuchando esas cuatro frases en ese orden desde antes de que existieran los teléfonos con cámara.
También me dijeron que la medida beneficiaría a millones de personas. Es verdad. Beneficiaría. El condicional es la forma verbal más productiva de la política laboral española y deberían ponerle una placa.
Salí a las nueve menos cuarto. Fuera había un repartidor esperando a que alguien bajase a recoger un pedido, y calculé por encima que llevaba encima unas cuarenta y tantas horas esa semana, tirando por lo bajo. No le pregunté. Uno tiene sus principios y no va a molestar a un compañero para adornar una crónica.
Convocatoria
El jueves a las siete tenemos asamblea en el local. El local sigue siendo cedido y sigue estando cedido a nosotros, por mucho que hayan llamado tres veces preguntando por las llaves. Punto único del orden del día: preparación del acto del tercer aniversario, que si las cosas siguen como van habrá que ir apalabrando ya el catering.
Llevé croquetas al local en un táper. No las traje yo, las trajo la historia.