La baliza V16 manda su posición cada cien segundos y en mi portal la usan para leer en la cama: yo solo pregunto

El del cuarto bajó al garaje con una caja de zapatos y la abrió encima del capó como quien enseña fotos de un viaje. Dentro había tres balizas V16. La primera la compró en octubre de 2025, en una gasolinera, porque le dio miedo el titular de la radio. La segunda la compró en enero, cuando le dijeron que la primera no valía. La tercera la compró en marzo, cuando le dijeron que la segunda tampoco. Las tres son naranjas, las tres se encienden, las tres parecen exactamente lo mismo.

—Esta es la buena —dijo, levantando la de en medio.

Era la de la izquierda. Se lo dije. Me miró como se mira a alguien que interrumpe.

Lo que llevo ocho meses preguntando

Yo no afirmo nada. Nunca he afirmado nada. Pero llevo desde enero preguntando lo mismo en la reunión de vecinos, en el bar de abajo y en el grupo del bloque, y todavía no me han contestado: ¿por qué la ley obliga a que ese chisme esté conectado?

Porque lo está. Eso no lo digo yo. Desde el 1 de enero de 2026 los triángulos se acabaron y lo único que vale es una baliza homologada que se conecta a la plataforma de la DGT y manda su ubicación mientras está encendida. Cada cien segundos. Está escrito. Lo firma el organismo que gestiona el tráfico de este país, en su propia página, con su propio logotipo, en una lista donde puedes buscar tu modelo y comprobar si el tuyo es de los que hablan o de los que solo alumbran.

Cuando encontré esa lista tuve que sentarme. Llevaba tres semanas atando cabos con hilo rojo en la habitación pequeña —la que mi cuñada llama «el despacho» y yo llamo el archivo— y me faltaba el eslabón que uniera «aparato obligatorio» con «envío de datos». Fui a buscarlo a foros, a documentación técnica traducida a machetazos, a un canal donde un señor lo explicaba con un mapa detrás. Y resulta que el eslabón estaba en la primera página de resultados. Publicado. Con un botón de descarga.

Nunca me había pasado. Yo estoy entrenado para lo otro: para que te lo nieguen, para que te digan que estás obsesionado, para que el enlace caiga a los dos días. Que te lo den hecho, con esquema y todo, desarma bastante.

El cabo que se me deshizo en la mano

Seguí tirando. Lo siguiente que dice la administración es que la señal que manda la baliza no lleva matrícula ni identifica al conductor: sirve para que el resto de coches y los paneles de la autopista sepan que hay un vehículo parado en ese punto. Eso también está publicado.

Aquí es donde yo, normalmente, haría la pregunta. La tengo preparada desde febrero. Es una buena pregunta. Pero he descubierto que si la haces en el garaje del bloque, después de que un señor te haya enseñado tres balizas en una caja de zapatos, la gente no responde: la gente te cuenta lo que le costó cada una.

Y ahí me di cuenta de dónde estaba el asunto de verdad.

La lamparita

La del cuarto no es un caso raro. En mi portal hay al menos cuatro casas donde la baliza V16 no está en el coche. Está en la mesilla.

Tiene su lógica, y esto lo digo sin ironía: es un aparato que se aguanta solo, se enciende con un botón, no necesita enchufe, hace una luz naranja que no molesta y por normativa tiene que aguantar encendida al menos media hora sin apagarse. Alguien lo probó una noche de apagón, le gustó cómo quedaba, y ya no volvió al maletero. Una vecina la usa para leer. Otro la dejó en el pasillo para que el niño vaya al baño sin darse en el rodapié. Un tercero me juró que duerme mejor con esa luz que con la persiana bajada.

Así que la situación real, ocho meses después, es esta:

  • Un dispositivo obligatorio, conectado, que informa de su posición mientras está encendido.
  • Repartido por millones de hogares españoles.
  • Encendido varias horas cada noche.
  • En la mesilla. Junto a la cama. A cuarenta centímetros de una cabeza.

Yo no digo nada. Yo pregunto. Pregunto qué se supone que le llega a un sistema pensado para avisar de coches averiados en el arcén cuando lo que le llega es un piso interior de Vallecas a las once y veinte de la noche. Pregunto si a alguien, en algún lado, le sale en una pantalla un punto que lleva seis horas parado en un cuarto piso. Pregunto si eso se descarta solo o si hay alguien mirándolo.

Y me contesto, porque llevo quince años en esto y hay que ser justo: lo más probable es que no le llegue nada, porque lo que la ley exige es que la baliza se comunique cuando se activa como señal de emergencia, y encenderla para leer no es exactamente eso. Es la respuesta aburrida. Suele ser la buena. Me ha costado quince años admitir esa frase y todavía no me sale sin apretar los dientes.

Dónde queda uno

He acertado una vez en mi vida. Fue en 2011 y no viene al caso, aunque si me preguntáis os lo cuento. Este año pensé que iba a acertar la segunda, y lo que ha pasado es que tenía razón en lo material —el aparato está conectado, manda su posición, no es un triángulo con luces— y no me sirve de nada, porque tener razón sobre algo que viene explicado en el folleto no te convierte en nadie.

El del cuarto se llevó su caja de zapatos escaleras arriba. Dos balizas al trastero y una a la mesilla. La que se lleva a la mesilla, por cierto, es la homologada. La buena. La conectada. Las otras dos, las que no hablan con nadie, las que serían perfectamente inocuas encima de un mueble, esas se quedan en el trastero.

Se lo comenté. Me dijo que hace mejor luz.

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